Primeriza
By Keyla Limones
Ser la primera no siempre significa que ganaste. La mayoría de las veces es que tendrás que hacerlo tú sola, sin compañía, sin consejos, sin nadie que te entienda. Y la mayoría del tiempo los demás te dirán que maduraste a muy temprana edad, y cómo no, si sola te tuviste que enseñar a sanarte tus propias heridas, a reunir las partes de ti cada vez que te desbaratabas. No es culpa de nadie, simplemente así es la vida de alguien que busca arreglar un ciclo del que no pidió ser parte. Terminar los malos hábitos de una familia materna disfuncional que finge ser unida, pero utiliza una espada de dos filos a la hora de hablar, y de una familia paternal ausente que nunca pudo verme como parte de su sangre. Ser el buen fruto de una sola madre a la cual siempre le dieron la espalda y hablaron mal de ella, una mujer fuerte que lo dio todo por sus hijos. Tener que ser el ejemplo, el primer molde antes de la perfección de mi hermana, a la cual amo y admiro cada día más. Es difícil todos los días tener que abrir los ojos y saber que en la vida soy solo un número más. Primeriza por distintas razones: ser la primera hija, la primera en ir a la universidad, la primera en traducir documentos legales escritos en inglés a mi mamá, la primera en abrirme en terapia, la primera en fracasar en mil entrevistas para encontrar el éxito, la primera en odiar el sueño americano. No sé qué vino primero, si el huevo o la gallina, o tal vez mis ganas de escribir para escapar de cada momento en que la vida se complicaba. Ser primeriza viene con sus condiciones: la presión, el estrés, el sobrepensar las cosas, la ansiedad de tener que planear las cosas. Y que cómo le hago con tanto; en los ojos de los que no son primerizos, mi imagen es un deseo, talentosa, exitosa, involucrada y eficiente. Pero no ven mi otro lado, al cual yo curo todas las noches, la que tengo que calmar y convencer de que no está fallando, de que todo este peso no significa que esté rota, sino que está resistiendo. Porque ser primeriza no es un título, es una herida abierta que sangra silenciosa mientras todos aplauden. Es ser la arquitecta de un futuro sin planos, construir caminos en tierras ajenas, sin permiso, sin instrucciones, con las manos llenas de dudas. A veces me canso. A veces no quiero ser fuerte. A veces quisiera rendirme, que alguien más tomara el timón. Pero luego me acuerdo de todas las que vinieron antes que yo y no pudieron hablar, no pudieron estudiar, no pudieron llorar sin ser llamadas débiles. Y también pienso en las que vienen después, que quizá algún día lean mis palabras y vean en ellas una grieta por donde entre un poco de luz. Y sí, puede que no tenga todas las respuestas. Tal vez nunca las tenga. Tal vez no haya un final feliz ni una redención perfecta. Tal vez lo único que me queda es seguir escribiendo, seguir nombrando lo que duele, lo que callan, lo que pesa. Porque si algo he aprendido siendo la primera, es que aunque camine sola, nunca soy la única.